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domingo, 23 de febrero de 2014

SE FUE OCTAVIO...

Vivía en el Bar Conde. Tenía 19 años

Este fue un verano triste para la gente del mítico salón de Federico Lacroze y Conde. Nos animamos a decir que no sólo para la familia que atiende el local desde hace tantos años, sino para sus parroquianos en general. Es que el 25 de enero murió Octavio, el gatito que ya era parte del inventario de este bar nacido en 1902. Para los habitués del lugar, era costumbre verlo merodear por las instalaciones, subirse a las sillas y entregarse mansamente a las caricias de sus admiradores.
 Por espacio de casi dos décadas, ocurrió así. Siempre gozó de muy buena salud. Hasta que un día, ya entrado el 2014, empezó a atenuar sus impetuosas recorridas. La semana anterior a su partida, prácticamente dejó de comer. Y una calurosa mañana, cuando Luis Cofiño levantó la persiana, lo encontró inmóvil. De inmediato, supo que por más que su cuerpito aún estaba ahí, Octavio se había ido. El gato fue enterrado a la vera del árbol de Lacroze y Conde y la foto de su rostro, enmarcada, ahora decora el salón a modo de homenaje, alojada en la columna central del bar (ver imagen inferior). ¡Hasta siempre, Octavio!

lunes, 8 de octubre de 2012

"ESTOY UN POCO PREOCUPADO POR EL FUTURO"

Luis Cofiño, dueño del legendario Bar Conde

Hay un encanto difícil de describir en este bar de Conde y Lacroze. Que parece como que el tiempo no transcurre igual que en el exterior, ya no es ninguna novedad. Pero hay algo más…
Su propietario, Luis Cofiño, lleva nada menos que 46 años a cargo de esta verdadera reliquia del barrio. Pero sería caer en un grave error, pensar que el bar existe desde ese ya lejano 1966, ya que su creación data de ¡1902!
Don Luis resume la historia de esta manera: “Por el 1900 esta era una zona de quintas. Recién empieza a edificarse a partir de la necesidad de hacer calles transversales entre Corrientes y Cabildo. Y esta es una de las primeras construcciones. Siempre fue un bar. No hubo otra cosa en este sitio. Al principio era como esos viejos bares-almacenes que tanto había y con el correr del tiempo desaparecieron. Después fue cambiando hasta ser lo que es hoy”.
Cuando don Luis pronuncia esta última frase, uno levanta la vista, esperando hallar esa modernidad a la que hace alusión nuestro entrevistado. Pero, con alivio, se da cuenta que no hay tal señal de evolución. Apenas, un “agiornamiento” indispensable para no caer en ese aburguesamiento tan peligroso.
La historia personal de Cofiño también amerita una reseña. “Nací en Asturias, España. Siendo muy joven, vine a vivir a la Argentina, en 1960. Primero fui empleado, un tiempo después abrimos un bar en Lavalle y Esmeralda, con otros muchachos” Seis años después de pisar suelo argentino, los caminos de don Luis y la mítica esquina de Colegiales se cruzaron para unirse hasta nuestros días. Y ya pasaron 46 años…
“¿Cómo fue? Yo vivía en Lanús –apunta Luis- y surgió la posibilidad de alquilar este local, junto con un tío. Así lo hicimos. Mal no nos habrá ido, porque todavía estoy acá”.
El bar tiene su clientela fija: parroquianos enamorados de un ambiente espacioso, que invita a permanecer horas enteras, ya sea estudiando para la facultad, leyendo un libro o charlando con amigos. También hay un par de televisores (nada de plasmas exagerados en pulgadas) a los que casi no se les presta atención. Aquí, el atractivo principal no es lo multimediático sino el clima familiar y algunas exquisiteces gastronómicas, como el sándwich de pan francés, crudo, queso y manteca, un café con leche con medialunas o los aperitivos tipo Cinzano o Campari con picadita.
Por allí también anda un gato, queriéndose hacerse amigo de los visitantes. Pasea entre las mesas y a nadie parece molestarle su insistencia. En el lugar nadie tiene apuro. En su sereno paso al atender, queda claro que don Luis, tampoco. Y mucho menos apuro tienen los dueños de la esquina, en vender la propiedad, a pesar de las propuestas que, dice Cofiño, llegan a cada rato. “En Colegiales sucede que los viejos se van muriendo y los hijos se tientan con las ofertas que les acercan los que quieren construir. Pero esta gente es excelente, no les importa vender. La familia es dueña de la esquina desde principios del siglo pasado. Y no sólo de este bar, también de las propiedades que están al lado. Yo nunca tuve un problema con ellos, en las peores épocas del país me han sabido aguantar”.
Cofiño, casado y padre de tres hijos, vincula esta opinión con lo que piensa de la situación actual de la Argentina. “Me preocupa cómo está la cosa, más que nada por los chicos, por el futuro. No me gusta cómo se maneja este gobierno. Hay mucha soberbia en la presidenta”, reflexiona el comerciante. Con respecto a la inseguridad en el barrio, explica que fueron varias las veces que robaron en el local, si bien, reconoce,  “hace ya un tiempito que no pasa nada”. El episodio más grave a nivel violencia, le tocó padecerlo en plena crisis de 2001. Para graficarlo, se señala el pecho: “Tengo abierto de acá hasta acá”, dice, trazando una imaginaria línea recta con sus dedos. Fue de una vez que entraron, le dispararon y debieron operarlo de urgencia. “La pasé muy mal”, remata.
Más de una década después, don Luis está intacto. Al igual que el legendario Bar Conde, el templo que abrió sus puertas a principios del siglo pasado, y que más de cien años más tarde, conserva su asombrosa vigencia.

IMÁGENES DE UN BAR DE LEYENDA